La izquierda en el espejo de sus críticos


Por Ariel Rodríguez Kuri
Cuando alguna vez se transmitió por televisión una corrida de toros a Estados Unidos se suscitaron protestas por el espectáculo “salvaje” que el televidente miró en su pantalla. Rius, el caricaturista, remató en su cartón: y eso que los gringos no vieron al público.

En el espectáculo de la izquierda mexicana escuchamos sobre todo las quejas y rechiflas del público más selecto, ese conglomerado de críticos bien posicionado en primera fila. Para mí queda claro que la mayoría de los críticos de la izquierda prefieren al toro que al torero. Es su derecho. El problema son sus argumentos, que hoy por hoy repiten lo que decían en 1990, como si el quinquenio 2007-2012, global y salvaje, no hubiese existido. Hipótesis: la mayoría de los críticos de la izquierda es más anacrónica que la izquierda misma.
La izquierda mexicana no es en principio una organización sino una sensibilidad y una corriente de opinión; “opinión pública”, “estado de ánimo” decían los enterados del siglo XIX para referirse a los partidos históricos, orgánicos. De ahí que la mayoría de los críticos de la izquierda, variados, sean el complemento lógico y epistemológico de cualquier análisis de eso que llamamos izquierda. En tanto que en la esfera pública señalan su caducidad ideológica y programática, de manera paradójica acaban por proyectar una cierta actualidad de la izquierda mexicana. Esos críticos son inadvertidamente los notarios de un éxito cultural y político, que ha avanzado como los caracoles en el jardín, a pequeñísimas velocidades gramscianas.

Bendita paradoja porque muchas personas asumen el vocabulario y la narrativa de los críticos de la izquierda como si éstos reflejaran el orden natural de todas las cosas. De esos críticos necesitamos una arqueología de sus palabras y un inventario de sus herramientas de persuasión. Creo por lo pronto que han sido muy exitosos en manipular espejos con aumento, ésos que en la intimidad del baño agrandan las imperfecciones y documentan cómo explotan los barros de corrupción. Escasas veces estamos, sin embargo, ante verdaderos diagnósticos que nos permitan conocer el fenotipo y el alma de un cuerpo imperfecto y pluricefálico, cierto, pero cuya imagen pública y desempeño político (si nos atenemos a los votos que ha recibido en dos elecciones presidenciales consecutivas) es la de un sujeto maduro, es decir, neurótico, escindido y anhelante; pero nótese que tal es la descripción de un sujeto vivo y no la de un esqueleto en el ropero. Nada para escribir a casa, porque los defectos de su carácter no han tenido nada que ver con aquellas fundaciones mítico-religiosas de “izquierdas” genocidas, depredadoras y modernas —por su coherencia ideológica y por su instinto propagandístico— que han segado vidas a raudales en otras latitudes.
El pecado mayor de los críticos de la izquierda es la confusión de conceptos. Las dos emes que pesan en la izquierda mexicana son obra de la ideología de sus críticos, no un dato objetivo. No hay maldición ontológica. M&M: la izquierda mexicana no es moderna ni moderada. Aquí se acuerpan las obsesiones y fobias de los detractores. Son unos M&M sabrosones, fáciles para la degustación y —marca global al fin— de identificación sencilla e inmediata por la peregrina circunstancia de que todos conocen la gragea, de colores vívidos. Es el equivalente al “caramelito” que decía Francisco Bulnes, ese recurso de la retórica política que busca más al público que a las ideas, más un lector identificado que un debate en el ágora.
Moderación: la izquierda mexicana es radical. Pamplinas. La izquierda mexicana perdió las elecciones presidenciales de 1988, 2006 y 2012. Y la derrota se dio en condiciones que pudieron llevar a respuestas extremas. ¿Acaso nadie lee historia? Peor aún, ¿sus críticos no leen la prensa? ¿Nada significa el Magreb incendiado, Bolivia refundada, la derecha estadunidense alimentada y propulsada por un presidente negro? En México no ha habido violencia contra las personas y las cosas, programada y ejecutada por la izquierda. Pongan e identifiquen a sus muertos. Los muertos de Calderón son los que digan los registros. Pero ¿de Cárdenas, de López Obrador? ¿A cuántos ha matado usted, izquierdista, votante, ciudadano enojado? ¿Qué pasó en 2006 con el plantón en Reforma, salvo la reiteración de nuestra nostalgia porfiriana por los Campos Elíseos? Nada, salvo una reforma política que puso a los medios de comunicación a negociar el centaveo de la gacetilla por abajo de la mesa.
Modernidad: la izquierda mexicana es anacrónica. Ignoro si existe una cota que, una vez alcanzada, inaugure la modernidad de la izquierda. ¿Es un asunto programático? ¿Acaso un asunto de política comparada con otros partidos afines en el mundo? Notemos que lo que importa no es el programa de la izquierda sino la agenda explícita de sus críticos: ¿qué se puede hacer ante el fetiche de una economía política que tiene tres prioridades: Pemex, Pemex y Pemex? ¿Qué se puede hacer frente a unos críticos impávidos y mudos frente al desastre desregulatorio de Europa y Estados Unidos, que amenaza con convertirse político? ¿Qué frente a unos críticos que encuentran una panacea en la privatización de un segmento de la renta justo cuando la renta no crecerá mucho en el mundo? Pemex, Pemex, Pemex, tal es el anacronismo que sus críticos encuentran en el programa de la izquierda. Bien vistas las cosas, ¿por qué habríamos de temer más a la izquierda que a la British Petroleum? El paradigma, la economía y sociedades deseables de los críticos de la izquierda ¿no huelen a naftalina, no es acre el aroma del abuelo Salinas?
La izquierda, como todo en la vida, está compuesta por hombres y mujeres falibles. Pero vienen sus críticos a decir que ahí, en algún lugar, está el ejemplo de lo que debe ser la izquierda, el otro lado de la cerca donde el pasto es más verde. En América: un día dicen Brasil pero omiten los magnos escándalos de corrupción del PT de allá (en cambio, está Petrobras, lo cual borra cualquier pecado); luego puede ser Chile, aunque la deuda social de una educación privatizada en grados obscenos (a la que sendos gobiernos de izquierda apenas afrontaron) esté produciendo una de las mayores movilizaciones estudiantiles que se recuerde en América Latina y cuyo desenlace político es de pronóstico reservado.
O Europa: España y la Moncloa son un mantra, aunque la trama de corrupción del PSOE en comunidades como Andalucía es, en serio, de tomarse en cuenta; pero lo que menos entienden los críticos mexicanos de la izquierda es que hay capitalismos que en realidad simulan serlo; no es la deuda sino la producción y la productividad lo que cuenta; España era un modelo para los críticos; ¿qué dicen ahora, es decir, con qué comparan? Los críticos de la izquierda detestan el nacionalismo y no reparan en que izquierdas envidiables —para mí— como la alemana se ha subido —como siempre— en la locomotora germánica de Merkel para arrollar a Grecia (y a España e Italia si no se quitan). Los logros de la izquierda democrática europea de la segunda posguerra son inmensos, pero su impulso y su genio languidecen desde la caída del Muro de Berlín. Cuando los críticos dicen “izquierda moderna”, “socialdemocracia”, ¿qué quieren decir en realidad? ¿Coartadas políticas para hacer el trabajo sucio desde la izquierda para que después venga la derecha a profundizar y usufructuar el desmantelamiento del Estado de bienestar, la desigualdad, la despolitización, la desmovilización?
La primera obligación de la izquierda es parecer izquierda. Veámosla a los ojos para identificar sus pecados y sus culpas. Pero, por favor, mirémosla también en el espejo de muchos de sus críticos. Ahí habla con frecuencia el pasado, y no a la manera de Chateaubriand.


Ariel Rodríguez Kuri. Historiador. Profesor-investigador de El Colegio de México. Entre sus libros: Historia del desasosiego. La revolución en la ciudad de México 1911-1922 y La experiencia olvidada. El ayuntamiento de México: política y gobierno, 1876-1912.

 

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