La izquierda que tenemos


01/10/2012
 Publicado en Nexos – Octubre 2012
Gerardo Esquivel
Se ha vuelto un lugar común decir que la izquierda que queremos en México es una izquierda moderna, liberal, menos rijosa, socialdemócrata, más propositiva, etcétera.

No voy a caer en esa simplificación. Primero, porque antes tendríamos que discutir algunos de esos conceptos (¿qué es una izquierda moderna?, por ejemplo). Segundo, porque algunos de esos calificativos son meras obviedades: ni modo que no queramos una izquierda (o una derecha, para tal efecto) más propositiva. Tercero, porque creo que la izquierda que tenemos (o izquierdas, para ser más precisos) no es algo que se pueda cambiar tan fácilmente, ya que ésta es el reflejo de la sociedad mexicana y de su contexto histórico, social, económico y político.

Por ello, parto de una premisa fundamental: la izquierda que tenemos es el resultado, entre otros factores, de nuestra historia reciente (de ahí que una parte importante de ellas sea fundamentalmente nacional-revolucionaria), de los elevados niveles de pobreza y desigualdad que imperan en el país (de ahí el carácter social y/o redistributivo de muchas de sus demandas) y de un sistema político que a veces la ha proscrito, combatido o dificultado su ascenso al poder (de ahí en parte su carácter, que algunos consideran rijoso, y su inclinación por la movilización como método de lucha). También, por supuesto, es un reflejo de sus resultados electorales; de las veces que ha estado a punto de acceder al poder, como en 1988 o 2006, y de las veces que lo ha logrado, como ha ocurrido ya en varios estados del país y en el Distrito Federal. Estas experiencias se han traducido, en algunos casos, en agravios y resentimientos evidentes y, en otros, en motivo de orgullo, de expansión de sus bases de apoyo y de la construcción de fuertes liderazgos nacionales.
Todo lo anterior se ha conjugado para que tengamos una izquierda muy heterogénea, que suele compartir ideales y objetivos, pero que no necesariamente comparte una misma estrategia o las mismas tácticas. Tenemos, por ejemplo, una izquierda de origen nacional-revolucionario que busca promover el desarrollo económico a partir de la rectoría del Estado; una izquierda de una cierta raigambre ideológica que mira con añoranza a países socialistas (inclusive a los más autoritarios); una izquierda con tintes socialdemócratas que busca promover la construcción de un Estado del bienestar y que apoya la idea de una transición hacia un régimen parlamentario; o una izquierda que básicamente busca promover la ampliación de derechos para toda la población. Obviamente, estas izquierdas también difieren en los métodos para lograr sus objetivos: unos prefieren la movilización y la confrontación como método de lucha, mientras que otros prefieren la negociación y el establecimiento de acuerdos con otras fuerzas políticas para empujar los temas de su propia agenda; algunos otros han optado incluso por abandonar a los partidos de izquierda y participan en otras fuerzas políticas con la esperanza, real o fingida, de cambiar las cosas desde adentro; otros más han optado por abandonar la vía partidista y participar a través de diversas organizaciones de la sociedad civil.
Lo anterior explica no sólo los diversos tipos de izquierda que tenemos en México, sino también sus diferencias internas, sus discrepancias políticas o estratégicas y sus distintos modos de hacer política. Por ello, es muy difícil pensar en que hay una izquierda que es definitivamente preferida a otra. Quizá eso sea cierto para alguien en particular, pero lo que es cierto para algunos no lo es, obviamente, para otros. No hay, pues, en ese sentido, una izquierda “buena” y una izquierda “mala” o una izquierda “deseable” y una “indeseable”. Los que plantean las cosas de esta manera (usualmente gente que ni siquiera podría ser considerada de izquierda) simplifican la discusión y tratan de imponer sus preferencias a otros segmentos de la población.
Este tema se vuelve particularmente importante en la actual coyuntura nacional, en la que Andrés Manuel López Obrador (AMLO) ha anunciado recientemente su separación de los partidos de izquierda que conformaron el Movimiento Progresista en las elecciones de 2012 y su intención de que el Movimiento de Regeneración Nacional (MoReNa) se convierta en partido político a partir de las próximas elecciones de 2015. Este paso, que para muchos representa un retroceso en el proceso de unificación de las izquierdas en México (y que algunos incluso han celebrado pensando en que ello implica la ruptura definitiva de la izquierda), para mí se aparece como algo inevitable e incluso deseable y positivo para la propia izquierda. Era inevitable no sólo porque la relación entre AMLO y la cúpula del PRD había alcanzado un nivel de asimetría bastante desfavorable para López Obrador (en donde él atraía a los votantes y los otros se beneficiaban desproporcionadamente de ello), sino también porque las diferencias tácticas entre estos dos grupos ya habían alcanzado niveles difíciles de reconciliar y mantener. Por otro lado, la separación (que no necesariamente ruptura) es deseable en al menos dos sentidos: primero, porque puede contribuir a la muy necesaria reformulación de los partidos de izquierda, los cuales deberán dejar de ser manejados de manera facciosa por sus liderazgos o cúpulas partidistas y deberán abrir espacios a la ciudadanía o a nuevas corrientes o, de lo contrario, correrán el riesgo de volverse marginales o incluso de desaparecer. En segundo lugar, la separación también es deseable porque ello permitirá que se decanten mejor las posiciones de cada grupo o corriente y que se vea el peso político real de cada uno de ellos. Así, la existencia de distintas agrupaciones de izquierda, con posiciones, estrategias y tácticas claramente definidas, podría permitir una mejor identificación ideológica de la población con estos distintos grupos o partidos y, eventualmente, incluso podría ensanchar la base de apoyo de las izquierdas en el país.


Por supuesto, la clave para que este paso sea un éxito para la izquierda mexicana reside en la identificación de una agenda común y de un mecanismo que les permita procesar las diferencias internas que aún subsisten. En ese sentido, la construcción de un Frente Amplio de Izquierda (que puede ser una nueva coalición y no necesariamente un partido aglutinador) que tenga un marco programático mínimo, una serie de compromisos básicos y reglas claras para elegir a sus candidatos y a sus representantes, es posiblemente la mejor vía para garantizar no sólo la unidad de la izquierda, sino también una participación más proactiva en la vida pública y un aumento en la posibilidad real de acceder al poder en México. Ésa es, para mí, la izquierda que me gustaría tener.
Gerardo Esquivel. Economista. Profesor-investigador de El Colegio de México.

 

 

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